Categoría "B" - 1º Premio: NUESTRO MEJOR JUEGO DE BASQUET

Autor/es: CACHITO
Integrante/s:
- Jonathan David Sandoval
Escuela Nº 781 - Dolavon

Mi nombre es Andy y quiero contarles una historia increíble.
Nuestro profe de gimnasia, Luis, nos hacia entrenar y practicar mucho para competir en básquet, en los torneos evita. Él siempre decía que teníamos que salir campeones, para que nuestro pueblo esté orgulloso de nosotros.
Las cosas no nos salieron fáciles, nos costaba mucho juntar al grupo completo para entrenar, y para jugar, a pesar de nuestro gran esfuerzo, siempre llegábamos con los jugadores justos y muchas veces jugábamos con menos, al final de cada partido a duras penas, rasguñado el aro de básquet, empatábamos o ganábamos por un puntito.
Cuando se definió el torneo y nosotros quedamos para pelear por el primer lugar con otro equipo del interior de la provincia, nos sentimos muy contentos, y entonces el profe, que siempre nos hablaba, nos dijo:
– Chicos yo sé que les he exigido mucho, a veces más de lo debido en mi afán de hacerlos campeones, han llegado hasta acá a puro corazón y voluntad, más allá del entrenamiento y esto hace que sus padres y yo estemos muy orgullosos de ustedes, y no es tan importante ganar, sino poder compartir, esforzarse y dar lo mejor de nosotros en todo lo que hagamos, y es lo que ustedes han hecho hasta aquí.
Todos lo miramos y recordamos la cantidad de cosas que nos habían faltado, la ropa, la cancha, el tiempo para entrenar todos juntos, la plata para viajar a otro lugar, y muchas cosas más, porque a veces el mismo profesor iba a buscarnos casa por casa y hablaba con nuestros padres, él también nos consiguió la ropa a muchos que no podíamos comprarla y a otros les habló mucho para que no se fueran del equipo, diciendo que todos somos importantes, y que un equipo debe serlo dentro y fuera de la cancha, nos miramos sonriendo y fuimos a abrazarlo, y Cucaracha, que es el más divertidos de nosotros le dijo: – Profe, no nos mate la ilusión, nosotros queremos salir campeones, salir en los diarios, y en la tele, que todo el mundo sepa de nosotros y de nuestro pueblo, y todos gritamos: – ¡Cam-peo-nes!, ¡Cam-peo-nes!, y el eco volvió a repetir lo mismo y todos nos reímos.
El profe Luis estaba muy contento y seguimos entrenando sin parar dos semanas seguidas, preparándonos para el gran partido.
Y llegó el último partido, teníamos que ir en colectivo unos 78 kilómetros al centro de la provincia. Salimos a la mañana temprano, recién estaba amaneciendo, y todos llevábamos una mochila con nuestras cosas, una vianda con comida que nos habían preparado nuestras mamas, botellas de agua, de jugo, torta frita, sándwiches, entre nuestras camisetas y gorras. Hacía mucho calor y el viaje se hacía eterno, hasta que de repente el motor del colectivo comenzó a hacer mucho ruido, explosiones, y se paró y quedamos cerca de las diez de la mañana tirados en la ruta de tierra donde por horas no pasó nada ni nadie.
Almorzamos, recorrimos los alrededores, y nos sentamos al costado del colectivo a esperar que pasara alguien o que el chofer, que se había revisado todo el colectivo, pudiera hacerlo arrancar.
Entonces el viento empezó a soplar y a levantar nubes de tierra, y sentimos que el suelo temblaba bajo nuestros pies, y asustados nos metimos todos en el colectivo, asomados en las ventanillas para ver que pasaba.
De repente sobre una loma, a pocos metros de nosotros, entre las jarillas, envueltos en una nube de polvo, vimos aparecer un grupo de Patagosaurus que eran perseguidos por un Giganotosaurus.
Era increíble, estábamos petrificados, asustados y maravillados con lo que veíamos, no podíamos despegarnos a la ventana.
Los vimos pelearse durante un largo rato, correrse unos a otros y rasguñarse, hasta que el grupo de Patagosaurus, que eran muchos, grandes y pequeños, lograron espantar al Giganotosaurus.
No podíamos dejar de verlos, y de repente ellos nos vieron a nosotros y vinieron a zancadas y rodeando todo el colectivo. Estábamos muy, muy asustados, no sabíamos qué hacer, no había donde esconderse ni a donde correr. Nos quedamos inmóviles observándolos en silencio. Ellos tocaron con sus narices las ventanillas y nos miraban también sorprendidos, hasta que uno de ellos hablo: – ¿Qué hacen aquí? ¿De dónde vienen? ¿Están perdidos? ¿Necesitan ayuda? Fue asombroso escucharlos hablar. – ¡Hablan! – susurramos todos, mientras nos mirábamos extrañados.
– Sí y también jugamos y corremos, y a veces debemos caminar mucho para buscar comida o agua, por aquí casi nunca viene nadie, ni nadie nos molesta, sacando el Giganotosaurus, que siempre esta tratando de comernos, pero el está solo, los demás de su especie ya se extinguieron, en cambio nosotros somos muchos, siempre encontramos la manera de seguir viviendo, trabajamos en grupo, como un equipo, y nos cuidamos unos a otros, así todo es mucho más fácil.
Después de esto todos bajamos del cole, y mezclados con ellos seguíamos mirándonos y preguntándoles cosas.
Nos contaron que de vez en cuando veían pasar vehículos por esta ruta, gente que para a comer o ha arregla una cubierta, otros que montados a caballo acompañados por perros a veces solían pasar y verlos, pero eran amigables, y por eso conocían a los humanos. Nos contaron que, muchas veces habían sido ayudados por ellos, y que los lugareños de la zona a veces le curaban alguna herida, o ayudaban a algunas de sus crías enredadas en los alambrados o lastimados por estos. Y también nos contaron que: – Una vez un niño parecido a vos – dijo mirando a Carlitos, les contó que ellos eran únicos, y que debían cuidarse mucho y no acercarse a los grandes pueblos, porque la gente grande se asustaría mucho y los terminarían matando, después de esto ellos se ocultan y solo se acercan a los que paran o se pierden por esta ruta, teniendo en cuenta siempre que ente las personas que estén hayan niños, porque ellos saben mucho sobre nosotros – decía Pato, uno de los dinosaurios más grandes:
– Los niños, siempre quieren acercársenos y conocernos, saben que somos herbívoros y amigables, y aunque a veces se asustan, se les pasa rápido, y en muchas ocasiones nos protegen de sus padres y otros adultos, que piensan que vamos a lastimarlos.
Y seguimos hablando de muchas cosas, del mar que a veces van a ver porque les encanta el agua, la arena y las plantas marinas, de las montañas, donde les gusta jugar con la nieve y la vegetación es abundante, del valle que bordea el río Chubut, a donde ellos van cada primavera, porque se llena de vegetación, de hierbas y flores nuevas y frescas que ellos comen, además el agua allí nunca les falta y casi siempre encuentra nuevos amigos. Y seguimos hablando, hasta que Cucaracha miró el reloj, y gritó – ¡El partido, faltan 20 minutos!, no vamos a llegar, no vamos a ser campeones… Y todos empezamos a lamentarnos, y a quejarnos de nuestra mala suerte y de todo lo que habíamos hecho para llegar a la final y ahora ya estaba perdido. Entonces el dino Pato, nos dijo: – Chicos, no hay que perder la esperanza, porque ahí sí estamos perdidos. Nosotros podríamos llevarlos y tal vez llegarían a tiempo, ¿qué dicen? –¡¡¡Sí!!! Buenísimo. Son nuestra única esperanza – gritamos todos.
Y así lo hicimos. Ayudados por sus crías, nos subimos a sus lomos, y comenzaron a correr a una velocidad difícil de explicar, íbamos abrazados de sus cuellos, con las piernas apretadas a sus cuerpos, no alcanzamos ni a ver el paisaje de tan rápido que íbamos, fue ¡increíble! Llegamos cuando faltaban apenas minutos para empezar, nos metimos con ellos muy rápido a los vestuarios, para evitar que los vieran y desde allí les mostramos las tribunas y la gente.
Nos pusimos las camisetas y empezamos a calentar, fue allí donde notamos que nuestras piernas estaban muy cansadas y que nos costaba mucho movernos, debido a que el veloz viaje nos había fulminado.
El profe Luis nos observó y entendió al instante lo que sucedía, entonces, nos dijo: - Chicos, todo lo que pasamos para llegar hasta acá, es suficiente para mí, que sé lo mucho que se han esforzado, yo estoy ya orgulloso de ustedes, si no se sienten en condiciones, no nos presentamos.
No queríamos contestarle pero estábamos exhaustos, molidos. Entonces el Dino Pato que siempre hablaba nos dijo: – A nosotros nos encantaría que nuestros hijos puedan jugar al básquet por ustedes, sería para ellos muy divertido e inolvidable. ¿Qué les parece?
Nos volvimos a sorprender con la propuesta pero aceptamos al toque, y comenzamos a ponerles nuestras camisetas y las gorras, mientras le explicábamos las reglas, y algunas tácticas de juego.
Nuestro equipo estaba listo y formado, estaban muy inquietos, la tribuna aplaudía con gran emoción, y el locutor anunció la entrada de los equipos, mientras nombraba a los jugadores que tenían sus nombres y sobrenombres escritos en las camisetas.
Los pequeños Patagosaurus miraban hacia todos lados y saludaban, estaban muy contentos y se acomodaron en la cancha según le habíamos dicho. El árbitro tocó el silbato, y la pelota comenzó a picar, mientras se escuchaba al locutor, relatando: – La lleva Coquito, se la pasa a Cucaracha, la toma Agustín, y convierte un ¡Doble!
La jugada fue excelente, el locutor no lo podía creer, el público gritaba “¡olé!, ¡olé!, ¡olé!, ¡olé!”, alentaban a nuestro equipo, los aplaudía mucho, y su forma de jugar nos impresionó a todos. En los últimos minutos, comenzaron a hacer doble y triples frente al público asombrado que no dejaban de gritar, y aplaudir.
El locutor casi sin aliento decía: – ¡Algo nunca visto! Los pumas y los leones quedan chicos frente a este juego, son sensacionales, estos pibes han dado hoy un espectáculo único, un ejemplo de juego.
Todos festejamos y los pequeños Patogosaurus, corrieron hacia nosotros, y rápidamente nos cambiamos las camisetas aprovechando el lío. El locutor nos llamó para hacernos entrega del trofeo y las medallas, y fue ahí que nos miramos todos y no pudimos recibirlo y lo rechazamos. La gente se preguntaba por qué lo hacíamos y el otro equipo también nos miraba sorprendido.
El locutor se acercó a Agustín, que era el capitán, y le preguntó qué había pasado en el vestuario para que tomáramos esa decisión, Agustín nos miró a todos, y luego con nuestra aprobación, poniéndose una mano en el corazón, y la mirada baja les dijo: – Hicimos trampa, nosotros no jugamos – se dio vuelta y señalando al vestuario y dijo: – Ellos, los amigos que nos encontramos en la ruta y nos ayudaron a llegar hasta acá. Ellos jugaron y ellos ganaron, vengan muchachos - y ellos, el grupo de Patagosaurus, que nos había reemplazado, se acercaron al escenario.
Toda la tribuna se puso de pie para ver ese hermoso grupo de Patagosaurus, los admiraban, los aplaudían, estaban enloquecido, los felicitaban los tocaban y hablaban.
A nosotros ya no nos importaba el premio, habíamos visto algo increíble, y los Patagosauros estaban felices y sus padres también, nosotros habíamos ganado ya un excelente grupo de amigos y la gente no les tenía miedo, ni se espantaba, por el contrario les encantaba lo que veían.
Después de mucho ruido y aplausos, nosotros saludamos al público en general, nos íbamos ya del escenario, cuando el locutor nos llama y nos dice:
– Tenemos el honor y la satisfacción de presentar hoy dos ganadores, uno que se lució jugando en la cancha, para ayudar a sus amigos, y otro equipo, que se caracterizó por su garra durante todo el campeonato, y principalmente hoy por su gran gesto, por decir la verdad, por reconocer el talento de sus amigos y ofrecerles su premio.
Agustín nuestro capitán recibió la medalla y se la dedicó a nuestros nuevos amigos, que lo miraban desde un costado. Todos aplaudimos felices.
Así con la verdad, el esfuerzo y la amistad, ganamos el partido más importante de nuestras vidas, nosotros volvimos a nuestras casas con muchas cosa para contar, a Cucaracha su mamá no le creyó nada, y le dijo que el sol le había afectado la cabeza, a Carlitos y el rata le pasó igual, a Agustín su papá sí le creyó y le dijo que él también los había visto y los había escuchado, y que sus abuelos una vez se habían perdido en la mitad del campo y habían sido rescatado por ellos, y que su mamá también los conoce y aunque no hemos vuelto a ver a los Patagosaurus, de vez en cuando escuchamos hablar de ellos y sus acciones, mucha gente creen que no existen porque jamás los han visto, pero quienes los conocen no les tiene miedo, ni los persiguen, son actualmente una especie en vías de extinción que hoy es protegida por toda la región.
Y yo sigo jugando al básquet con mis amigos y quiero ser paleontólogo cuando sea grande, porque me encanta toda la magia que esto encierra, porque los vi y hable con ellos, y me encanto conocerlos, porque quiero saber más sobre esta especie y sobre otras y no pierdo la esperanza de volver a encontrarlos en algún rinconcito de la patagonia.

FIN